Crítica de “Shoah”, de Claude Lanzmann

Crítica

Shoah, el documental de Claude Lanzmann, tiene la poco usual duración de nueve horas y media, y no muestra ni una sola imagen de horror: ningún niño pequeño con las manos en alto, ni viejos suplicantes, ni cuerpos escuálidos, como tampoco fosas entreabiertas, montañas de cadáveres, esvásticas, uniformes, multitudes, música marcial, apariciones del Führer. Ningún show que nos haga gozar sin riesgo lo absoluto del poder y del riesgo, o la fascinación de la muerte infinita.

Ni imágenes de fichero, ni reconstrucción. Solamente paisajes actuales, rostros actuales, palabras actuales. La sobriedad más merecedora para tratar lo más indigno. Un documental insólito que no recurre a las filmaciones o fotografías de fichero, ni a los uniformes de era, que no nos introduce en el presente del Desastre y se empeña en tratar la abyección sin mostrarla directamente. Si es privilegio del cine poder mostrar imágenes de era, ¿por qué privarnos de ellas? Si el cine puede hacer mirar lo que ya fue como siendo ahora, presentificar el pasado como si fuese presente y hacernos sumergir en dicho pasado, sea el de Espartaco o el de Auschwitz, ¿cómo justificar esta abstinencia iconográfica de Lanzmann?

Ahí donde empieza la película de Lanzmann, en esta ética que se trata de rechazar el movimiento de cámara estetizante y exhibicionista, por el que todo aparece, todo se ve, todo se toca, todo se comprende. Por el que entramos donde jamás estuvimos y por mandato cinematográfico vivimos lo que los demás vivieron, y también en esta proximidad promiscua con la abyección y el pasado, en el fondo todo es equivalente y una imagen vale por cualquier otra ya que al final todo es imagen. Mundo pleno del déja vu en que todo es visible y tangible y comprensible, por lo tanto posible.

“Me agradan los filmes que me hacen soñar, pero no me agrada que sueñen por mí”, decía el cineasta Georges Franju. Lanzmann parece aplicar esta ética y esta estética en su reverso, con todo el rigor y la ascesis que implican, como quien dice: esta historia precisa ser narrada en su inenarrabilidad, vista en su invisibilidad, con el fin de que el espectador pueda, dado el caso, no soñar, sino tener pesadillas, y tener pesadillas por cuenta propia. Existe un trabajo que le cabe hacer, por más que sea un trabajo condenado al fracaso. Eso se hace patente en una escena donde Lanzmann está interrogando al SS Untersturmfuhrer Franz Suchomel, subcomandante de Treblinka. La secuencia de las preguntas es aproximadamente esta: ¿Cómo era posible en Treblinka, en los días más agitados, “tratar” a dieciocho un millar personas, liquidar a dieciocho un millar personas? Llega un transporte: querría que me describiese, con la mayor exactitud, el proceso completo en uno de estos días. ¿Cuántos alemanes había en la rampa? ¿Y cuántos ucranianos? ¿Y cuántos judíos del comando azul? ¿Y cuánto tiempo entre la rampa y la operación de desnudarlos? ¿Cuántos minutos? ¿Puede describir con exactitud este “desfiladero” por donde se era conducido desde la rampa hasta la cámara de gas? ¿Cómo era? ¿Cuántos metros tenía? El sendero era llamado “Camino del Cielo”, ¿no? Preciso imaginar. Ellos penetran en el sendero… ¿y qué sucede? ¿Completamente desnudos? ¿Por qué a las chicas no les pegaban? ¿Por cuánta humanidad, si de cualquier modo iban a la muerte?

En mitad de esta batería de preguntas, al pedirle al SS que describa el sendero llamado “Camino del Cielo”, por el que se llegaba a la cámara de gas, Lanzmann afirma al pasar: preciso imaginar. Pienso que reside en esta formulación simple todo el desafío del directivo de Shoah. No afirma “sé”, no afirma “vi”, no afirma “imagino”, no afirma “entendí”. Lo está diciendo de la manera de un imperativo para sí mismo cuya imposibilidad atestiguamos seguidamente, preciso imaginar, eso es, no puedo escapar a esta compulsión, pero tampoco puedo realizarla. Imaginar lo inimaginable: es lo que esta película revela tan irrealizable como ineludible.

Delante de la compulsión de imaginar todo, Lanzmann se rehúsa a ofrecer imágenes principalmente eso, a no ser paisajes de hoy, rostros de hoy, charlas de hoy. Es preciso imaginar, pero sin disponer de imágenes, como si imaginar cualquieralo solamente fuese posible a partir de un grado cero de la imagen. Imaginar lo inconcebible sustentándolo en tanto inconcebible. Éste es el desafío paradójico lanzado por Lanzmann. En caso de que se pusiesen imágenes con el fin de que imaginásemos lo increíble, se estaría transformando lo inconcebible en imágenes, en concebible, o sea, en visible, articulable, mensurable, comprensible, hasta explicable. En suma, en tolerable.

Lo que Lanzmann nos da, entonces, son los elementos más pobres, más despojados: palabras, rostros, piedras, prados. Lanzmann afirma que toda su película transcurre en el presente. Es el presente de los campos lo que él filma, con sus flores, bosques, piedras, descampados. Es el presente incesante de los trenes, es el presente de los hombres y chicas entrelazando sus discursos en alemán, inglés, polaco, hebreo, de Francia. Todo aquí es presente. Todo es presente, y a pesar de ello, se supone que consiste en una catástrofe pasada, de una devastación pretérita

Ficha técnica

Título original: Shoah
Año: 1985
Duración: 566 min.
País: Francia
Dirección: Claude Lanzmann
Guión: Claude Lanzmann
Fotografía: Dominique Chapuis, Jimmy Glasberg, William Lubtchansky
Reparto: Simon Srebnik, Michael Podchlebnik, Motke Zaïdl, Hanna Zaïdl
Productora: Les Films Aleph, Historia, Ministère de la Culture de la Republique Française

Tráiler

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